Hijos del Corazón

*Por Natalia Ramírez Gutiérrez

Al llegar, lo primero que percibí fue ese par de ventanas al infinito. Se trataba de una fusión entre el alegre amarillo de las flores que tapizaban el lugar y a la vez, un gris que en silencio gritaba negación, olvido y abandono. Era paz y sencillez con pinceladas de risas y locuras. Eran sueños, eran pies ligeros.

Al mirarte, me di cuenta de que sentías temor igual que yo. Venía de lejos y las palabras no me alcanzaban para nombrar lo que sentía de sabernos a punto de emprender el vuelo. Y tú, con miedo a entregar el corazón, en esta ocasión, por lo que marcara el calendario. Un año, quizás dos.

Ganarme tu cariño, tu confianza; ganarme un lugar para caminar juntos por aquellas veredas no fue nada fácil. ¡Chabochi! (hombre blanco) me gritaste en cuanto me viste y en Kwechi de mí, hasta te escondiste. Vaya que me dolió el corazón. Quién era yo para pararme ahí, quién era yo.

Pero el tiempo nos enseñó a mirarnos distinto. A sabernos indefensos, a perdernos el miedo. Cada mañana me preguntabas ¿Piri rimusa? (qué soñaste) y yo, con mucho esfuerzo trataba de armar las oraciones en rarámuri para poder contestarte. Quería aprender cada vez más de ti. Contar el mundo en tus palabras.

Me acuerdo mucho de ti, Neto; sobre todo de tus largos sueños. De cómo creías que hablaba rarámuri y me platicabas esas historias con esa sonrisita chimuela; mientras yo pensaba: ¡Híjoles, tengo que esforzarme más en aprender para poder entenderte!

O de ti, Julián; que siempre soñabas coyotes pintos y vacas azules.

En la radio decían que eran las seis de la tarde, en el cielo no cabían más estrellas. Escuché un par de risas. Supe que era Diana, su voz era inconfundible. Supuse que no estaba sola, su inseparable hermana menor, Ceci, la estaría sujetando del chiniki (rebozo) o de la siputsa (falda). Estaba muy oscuro, me asomé por la ventana y vi una pequeña lumbre. Me asusté.

Salí del comedor a encontrarlas, con el pretexto de calentarme en esa pequeña fogata; con el pretexto de platicar entendiéndonos todo y a la vez sin entendernos nada. Salí a estar.

Para mi sorpresa esa no era una fogata para quitarse el frío. Estaban jugando a la cocinita; con fuego de verdad y cocinando de verdad. El menú de la noche: sobras de sardinas. Por un instante pensé en detenerlas ¡Se podían quemar! Pero después entendí que eso más que ser un juego, era un pedacito de su realidad. Así que dejé de lado mis absurdos temores y aventuré a cocinar con ellas.

diana

Un momento como de postal. El cielo atiborrado de estrellas, el fuego siendo testigo de las risas. Ahí nos dimos cuenta que cuando se habla con el corazón, las palabras sobran.

La lata ya estaba calientita. Diana corrió por un puño de sal y una cuchara; y así, de a cucharada, cenamos ese poquito de sardinas.

Aventuras irrepetibles. Todos los días eran una sorpresa.

¡Usted nomás se agacha y no se mueva! Me gritaba Eliazar cuando veníamos de regreso de La Soledad. Entre él, Juan Pablo, Obdulio y los MIELhermanos Meza; Daniel y Armando tomaron un puño de piedras y las tiraron directito al panal más gordo que encontaron. Las abejas salieron disparadas, yo sólo seguí sus indicaciones. A la cuenta de tres salimos corriendo de ahí… Los niños traían tremendos bigotes de miel y uno que otro piquete de abeja. Con su mano pegajosa, Obdulio me dio un pedazo de panal ¡La miel estaba riquísima!

Estaba oscureciendo, Obdulio nos invitó a dormir a su casa. Antes hicimos una última parada… Nos metimos al río y aprovechando los últimos rayos de sol, nos pusimos a pescar. Muy felices nos fuimos con un pescadito.

Llegamos a casa de Obdulio, al Alamillo. Pusimos el pesacadito en el comal y le dimos una mordida cada uno. Llegó la hora de dormir. Su mamá nos prestó una cama, ahí dormimos los cinco. Las ventanas de la casa no tenían vidrios. Iba a ser una una noche fría.

Recuerdo con cariño todas sus dagas. Como escondían las tortillas abajo del mantel o las galletas en la chamarra. O que antes de dormir me confiaban el nombre de la teweke (niña) de sus sueños. Apretaditos, de dos en dos en las literas, inventábamos un cuento para dormir. Eran casi noventa niños. Noventa sueños que escuchar, antes de irme a soñar yo también. Siempre pedía por ti, Nato. Por que no te cayeras en la noche del segundo nivel de la litera…

Llegaban al internado flaquitos, chaparritos. Al servirles la comida a penas y se les asomaban los ojitos atrás de la barra. Pasaban los meses; ya podía verles su cara cuando les servíamos de comer. Mi corazón saltaba de alegría al verlos crecer y de nostalgia, al julic3a1nrecordarlos tan frágiles y a la vez tan fuertes, tan valientes.

Mis maestros, mis cómplices de aventura, mis compañeros de baile. Mi ejemplo de lucha y de esperanza. Gracias a ustedes volví a creer, volví a soñar.

Mis hijos de corazón. Warú Matétera ba (muchas gracias) por dejarme ser y compartir con ustedes…

Los llevo conmigo a cada paso que doy. Mis guerreros de pies ligeros.

 

*Estunataliadiante de Ciencias de la Comunicación. Voluntaria por dos años en la sierra Tarahumara. Fotógrafa, parte del equipo de Se Busca GDL, empresa tapatía de Branding. Su pasión es la lengua materna y la defensa de los pueblos originarios a expresarse y vivir según sus tradiciones y vivencia del mundo. Ha colaborado con varios proyectos que impulsan la formación e integración de la comunidad tales como el Diálogo Multicultural Universal, Microdiálogos, Casa Huichol, entre otros.

 

Elias González Gómez 2015-11-20T09:05:38+00:00