Buscando una esperanza en la posmodernidad

*por Diego Pereira 

I- En la marea de la complejidad posmoderna

Luego del fracaso de la modernidad, siguió una etapa donde aquellas esperanzas depositadas en ella se esfumaron. Es entonces que hasta hoy hablamos de posmodernidad y es dentro de este clima que nos toca vivir la renovación de un nuevo cristianismo que se presenta confuso, entre normas y dogmas religiosos frente a la necesidad de búsquedas de libertad, de salir de la angustiante situación que se respira en los países como el nuestro con una cultura tan occidentalizada. Son muchas las características que podemos describir del mundo y la sociedad en la cual vivimos, pero en este limitado trabajo veremos aquellos que nos pueden mostrar lo perdidos que podemos estar. En ello hay complejidades no sólo en lo comunitario sino que, y quizá sobre todo, es en el aspecto personal, interior en donde los sujetos posmodernos nos vemos mareados, y muchas veces, sin saber hacia dónde ir.

Uno de estos aspectos tiene que ver lo cambiante, reciclable, donde no sólo hablamos de objetos sino que las personas parecieran ser desechables, utilizables según el propio interés pero, luego de haber extraído del otro lo útil o necesario, se procede al recambio. Así lo explica este profesor: “…en la sociedad actual la relación personal es un producto más de consumo inmediato, y por tanto fácilmente descartable. Aun en el caso de que el producto cumpla con lo prometido, no puede ser de uso verdadero.”[1] Esta actitud propia del sujeto posmoderno de rechazar las relaciones a largo plazo, son reemplazadas por las relaciones virtuales facilitadas hoy por las redes sociales. Ante la necesidad de aprender valores comunitarios vemos que “…entre las artes del vivir moderno líquido y las habilidades necesarias para practicarlas, saber librarse de las cosas prima sobre saber adquirirlas…”[2]

El mito de Narciso también nos sirve en la actualidad para analizar algunos  aspectos del individuo posmoderno[3]. Aún en las diferentes versiones la característica principal del mito es que Narciso, enamorado de sí mismo, termina ahogándose ante su propia imagen. Este vivir centrado en sí mismo conduce a un descentramiento de la realidad perdiendo esa relación de amistad con el medio y con los demás, ya que el sujeto no existe ni con-vive con lo creado, sino que está en una relación de primacía sobre el mundo. Es un “culto al yo” desde una concepción materialista de la existencia. En esta ruptura ontológica (en relación al ser) del individuo respecto al medio, lo lleva a considerarse independiente y sin necesidad de nadie más que a sí mismo. “El ideal cultural del mundo industrializado occidental es el individuo autodidacta, autosuficiente y autónomo que se basta a sí mismo, no necesita de nadie (excepto para el sexo) y no debe nada a nadie”[4]

Los individuos de la cultura posmoderna sufren una grave inestabilidad psicológica que tiene efectos decisivos en las opciones vitales. Hay una ambiente de que “todo vale” o que “todo está permitido” que genera un cierto libertinaje a la hora de enfrentar decisiones, asumir responsabilidades y jugarse por razones grandes. Es más: cada quien puede ser quien quiera ser ya que “hay que ser tolerantes”. Todo ello va generando un ambiente de continuos cambios, donde una decisión puede ser trocada por otra totalmente diferente u opuesta. Algunos autores refieren a esto como una identidad abierta: “…la identidad abierta en este caso, significa una identidad siempre receptiva a la idea de un futuro cambio y que nunca se considera a sí misma definitivamente concluida. Por tanto sus compromisos serán siempre temporales.”[5]

Otro rasgo posmoderno es la atemporalidad. Se piensa que el pasado no tiene relación con lo que vivimos hoy y del mañana nada podemos saber. La vida se juega en este momento. No hay noción de historia y por lo tanto tampoco de proceso, o mejor, de camino. Por lo tanto se relativizan o pierden valor muchos elementos: la familia, los amigos, los compromisos, la educación, los sueños. Si no hubo ayer (desde donde vengo) y no hay mañana (hacia donde voy) pierde valor cualquier esfuerzo que se deba hacer hoy por algo ni tampoco hay posibilidad de ponerse a pensar en ello. “El resultado final es el secuestro del acontecimiento, la imposibilidad de la reflexión de la vuelta sobre las cosas, impidiendo la recuperación de la secuencia de significados y erradicando el sentido”[6]

Frente al sentido es muy difícil encontrar un lugar desde donde descubrir que nuestra existencia tiene un cometido concreto, un telos (fin) hacia donde marchar. Es donde surge la pregunta: ¿Qué significa que la vida tenga sentido? El sujeto posmoderno, envuelto en la marea de sueños, de percepciones de la realidad, sometido a tantas informaciones que le hablan de mundos diversos, sigue experimentando esa necesidad de unión cósmica con la creación, pero lejos está de ser captada o experimentada desde un todo universal. Necesita concretar en lo singular su vida, en lo que vive a diario. Cuando las preguntas como: ¿quién soy? ¿de dónde vengo? ¿hacia dónde quiero ir? no se pueden responder, se percibe la inseguridad de ser parte de un algo sin sentido, en cual se está acompañado de sujetos que viven lo mismo. Es cuando  hablamos del nihilismo, donde el escepticismo es la regla por la cual ya no podemos confiar en nadie ni apostar a algo, pues ni siquiera se puede saber para que vivir.

Siguiendo a Boff creemos que priman hoy otras fuerzas existentes en el ser humano, más allá de la razón. Nos referimos al eros y al pathos. El pathos es esa capacidad humana de afectar y de ser afectado, de sentir y hacer sentir: es la afectividad, el sentimiento. El eros es la fuerza que nos hace buscar con pasión, entusiasmo y alegría la unión con las cosas, donde el contacto produce una explosión de sentimientos profundos, que tienen que ver con la plenitud humana. El eros es el deseo en tanto insatisfecho. Tanto el logos (razón), el pathos (sentimiento) y el eros (deseo) se pueden armonizar en la persona de modo que pueden conducir a esta a su realización. Pero no necesita ser siempre una acción en la cual la razón tenga que ir primero. También a través del sentimiento se da el aprendizaje, impulsado por el deseo de conocer. Así el mundo y las personas pueden ser conocidas en su profundidad desde cualquiera de estas dimensiones.

La cultura actual, que busca evadir todo lo que cause dolor y sufrimiento, vive lo que muchos autores denominan una “vida de espectáculo” donde los medios de comunicación potencian la intención de evasión, aprovechando sus ventajas desde la mediatización de la vida, en donde “las antinomias duras entre lo verdadero y lo falso, entre lo bello y lo feo, entre lo real y lo ilusorio,  entre el sentido y el sinsentido se esfuman”[7]. Esta mediatización de la realidad, no solo social sino la personal, es parte de una gran estrategia impuesta por el mercado. Es el mejor medio para que las empresas y agencias de publicidad diseminen una determina visión del mundo a través de la comunicación, información y entretenimiento[8]. El bombardeo de las redes sociales ha multiplicado sin posible cálculo toda esta situación.

consumsmokiTambién la violencia es vivida hoy como “el pan de cada día”, lo que aparece diariamente en los informativos. Según Jung Mo Sung podemos hablar de dos tipos de violencia: la violencia  institucionalizada y los actos de violencia[9]. La violencia institucionalizada es aquella por la cual se la encubre intencionalmente y se la presenta  como problema social. El problema del hambre, de la pobreza, de la injusticia y de la exclusión social es visto como consecuencia del mal funcionamiento del sistema económico y del mercado de consumo, de los defectos del sistema judicial o como errores del sistema político y de las políticas sociales, pero nunca son presentados como violencia. Por otro lado tenemos los actos de violencia que son aquellos actos en los cuales el acento no está puesto en la falta, por ejemplo robar, matar, drogarse, sino que en la acción violenta con la cual se produce el acto. Lo que más se remarca  es la carga de violencia que se deposita en ellos, como propaganda, muchas veces política.

Consecuencia de esta globalización del mercado neoliberal es la cultura de consumo de la cual todos somos parte. No se trata de que somos sujetos que consumimos productos indiscriminadamente y nada más, lo grave es que consumimos lo que no es necesario e incluso va en desmedro del medio ambiente, y esto sin ninguna clase de reflexión, y por ello sin ninguna culpa. Pero sobre todo hablamos de que “una sociedad consumista es aquella cuya dinámica está constituida por los bienes de consumos superfluos; y en la que, además, la gente cifra su éxito y su felicidad en ese consumo…”[10], por ello es preocupante el valor que le damos al consumismo ya que eso pauta nuestra felicidad o tristeza, y sobre todo nuestro status social. En la mayor parte del mundo moderno “Consumo, logo existo! Ou: Você  é o que consome!, são expressões que explicam a explictam a vivência dessa cultura no cotidiano das pesoas…”[11].

La pobreza sigue siendo un tema principal desde la antigüedad hasta hoy. Ha acompañado las diversas etapas del desarrollo de la humanidad y siempre ha sido tema de grandes críticos de la historia. En los tiempos actuales la pobreza ha tomado un papel principal en las discusiones no sólo parlamentarias y religiosas, sino que ha pasado a formar parte del debate de una gran parte de la sociedad. Esto también se debe al declive que, como ya vimos, se ha dado en la educación, ya que siempre es la clase más pobre y desprotegida la que recibe peor educación. Pero aún así se siguen dando dos fenómenos paralelos: la instalación de la pobreza como un problema más de los tantos a enfrentar por cualquier gobierno que esté de turno, y el de la gran ignorancia de la cual son parte millones de personas en el mundo, como si la pobreza no afectara la conciencia social.

Sabemos que en el fondo lo que todos buscamos es el encuentro con Dios que es “…entrar en contacto con el misterio que está más allá de lo que podemos ver, oír, oler, gustar, tocar o pensar…”[12] Esta es la necesidad profunda y el motor que mueve a todo ser humano manifestado en diversas espiritualidades. Cada espiritualidad se compone de los elementos en la cual nace, que son los elementos culturales, cosmovisiones, prácticas humanas, tradiciones, mitologías. Se han cometido gruesos errores y atrocidades al no respetar las culturas humanas que rigen la vida del lugar, con la expansión de la religión con mentalidad imperialista. Es necesario escuchar las voces proféticas de tantos latinoamericanos que desde hace muchos años vienen proclamando esta necesidad de una espiritualidad que tiene más que ver con el “nosotros” latinoamericano.

 

II- Una esperanza firme y alcanzable: la Cruz de Jesús de Nazaret

La situación descripta en la primera parte nos va llevando a adoptar una actitud concreta ante la realidad: o nos dejamos afectar por ella negativamente o no, y descubrimos en esa misma realidad los destellos de esperanza y de vida que allí están y nos invitan a potenciarlos o incluso a conocerlos por primera vez. No podemos perder la esperanza de que el ser humano pueda cambiar. Sin duda que la situación por la cual atravesamos pareciera tirar abajo nuestras esperanzas, pero por eso debemos fundamentar nuestra esperanza en una principal, una “metaesperanza” -como proponía Kant- que haga posible todas las otras esperanzas[13].

            El encuentro con Jesús de Nazaret no es solo esperanzador, sino liberador. La esperanza cristiana nace desde la muerte de un hombre sencillo y pobre, asesinado en una cruz, desprotegido, abandonado, condenado injustamente como un hombre peligroso. Un no-existente en aquella sociedad de hace más 2000 años porque no cumplía con los requisitos para ser parte de ella y porque se rebeló contra los poderosos. Es en esta conjunción de situaciones, similares a las nuestras actuales, que el mundo judío recibe el mesías tan esperado y prometido por los profetas, que fue condenado por el Templo de Jerusalén y por el Imperio Romano. Jesús se confió a las manos de un Dios que en apariencia lo abandonó. Esa sensación de abandono y soledad es la que sufren tantos hermanos y hermanas en todo el mundo. Pero aún en esa situación Jesús logra vencer al mundo, el sufrimiento y la muerte, alcanzando la resurrección por el amor de Dios Padre, que escuchó sus plegarias y que no se olvidó de su fidelidad. Es la afirmación del amor predilecto de Dios por el que sufre, por el que no cuenta en la sociedad. “É a resurreição de un sem-poder e um sem-deus…”[14], donde se manifiesta la fuerza de Dios en la fragilidad humana.

             El encuentro con Jesús de Nazaret tiene esa capacidad de meternos en la historia y descubrir, desde ladescarga suya, atisbos de nuevas esperanzas en la nuestra. Sin duda es una esperanza incomprensible desde la racionalidad dominante o la lógica del poder, pero no es una esperanza irracional[15]. Es un cambio en la lógica del conocimiento: no desde las seguridades que podamos alcanzar, sino desde la precariedad de la misma existencia humana, sobre todo aquella que está ante nosotros. Es la realidad del que sufre, del oprimido, del pobre, del enfermo, del exiliado, del maltratado, del no-existente. De esto ya hablaba San Pablo al referirse a que mientras los griegos buscaban la sabiduría, los cristianos la encontraban en la cruz de Jesús, escándalo para los judíos y locura para los paganos[16]. Creemos entonces que el camino para encontrarnos con Jesús y renovar nuestra fe pasa por buscar en las situaciones y contextos de pobreza humana: material y espiritual. Allí volvemos a la fuente: encontramos a Jesús crucificado, pero que resucita liberado de la muerte.

 

III- La esperanza de la Cruz: la pobreza como camino de Salvación

Descubrimos en la realidad una gran injusticia que cada vez más está sometiendo al ser humano a ser esclavo de un sistema económico que lo aplasta, tanto al que puede consumir, como al que no lo puede hacer. En la dinámica del mercado neoliberal el fin es producir dinero a costa del consumismo masivo, sin preocuparse por la realización humana. Por lo tanto el resultado es de un mundo con dos polaridades: uno que se enriquece (en su mayoría a costa del otro) y otro que se empobrece, alcanzando extremos realmente crueles y violentos. Es en esta realidad en la cual somos invitados a tomar una actitud concreta: o la ignoramos y seguimos siendo cómplices de la violencia que es la pobreza (recordemos que no es sólo un problema) o nos unimos a aquellos que están en contra y buscamos juntos caminos de solución.

Nos hace falta un ejercicio diario de un examen de conciencia personal y comunitario para poder ver dónde estoy y donde estamos parados frente a este tema. En nuestros grupos de reflexión, de referencia o de oración, allí donde fortalecemos nuestra fe, ¿nos cuestionamos acerca de lo que estamos viviendo en este momento con respecto a la pobreza? En nuestro diario vivir, en medio del trabajo, de la familia, de las responsabilidades y nuestros momentos de diversión ¿existe en nuestra agenda un lugar para la discusión de cómo hacernos más cercanos a los pobres y a los indigentes que están muy cerca de mí? Muchas preguntas podrían servirnos para seguir pensando el tema. Por ahora proponemos seguir con el discernimiento con la mirada puesta en la cruz de Jesús y los que sufren la pobreza.

La causa de Dios es la causa de los pobres. La opción por la causa de los pobres tiene su fundamento en que Dios, nuestro Padre, desea la igualdad y la hermandad entre sus hijos. El ha creado con amor los bienes de la tierra para todos los hombres, no para unos pocos.”[17] También nos iluminan las palabras de Pablo a los cristianos de Corinto: “Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza” (2Cor 8,9). Con ello queremos reafirmar lo que surgió en Latinoamérica, en la década del 80, y en los demás países del Tercer Mundo: la opción por los pobres. La grandeza de Dios que acoge a todo lo creado es también perfecta predilección por lo pequeño y desvalido del mundo, por lo oprimido y despreciado; por los pobres[18].

Ser libre como pobre es renunciar a poseer las cosas, dejando de buscar satisfacer los propios deseos. Es compartir con el otro no sólo lo que tengo, sino lo que soy, y lo que soy es todo aquello que habita en mí y que es mucho más profundo de lo que otros pueden ver desde afuera (soy mi historia, mis sueños, mis esperanzas, mi fidelidad, mi vida). Por eso optar por los pobres es solidarizarme con ellos y compartir también sus luchas por salir de la condición de indigencia de la cual son esclavos. Pero esto se logra “…a través de un largo proceso de purificación interior y de renuncia al mundo, para reconquistar el propio mundo en un sentido realmente fraternal…”[19]  Reconquistarlo implica no caer en el pecado del que habla Juan (Jn 14, 27; 15, 18-19; 17, 14-16) y tomando una nueva actitud ante la vida, dando un nuevo sentido a la existencia a partir del pobre. Allí radica para nosotros la esperanza en medio de la niebla posmoderna: es el pobre que nos revela a Jesús crucificado y resucitado y nos invita a unirnos a él y a su causa: el Reino de Dios.

[1]    Jiménez, A., Posmodernidad y jóvenes. La niebla cae sobre la pregunta del sentido, en Revista Proyección: teología y mundo actual, Año LIII, n° 220, Enero-Marzo 2006, p. 59

[2]    Bauman, Z., Vida Líquida, Ed. Paidós, Col. Estado y Sociedad, Buenos Aires, 2012, p. 10

[3]    Cfr. González, G., El Mito de Narciso. Una mirada a nuestra cultura, Impresora Gráfica, Montevideo 2006, p. 55

[4]    Nolan, A., Jesús hoy. Una espiritualidad de libertad radical, Col. Presencia Teológica, Ed. Sal Terrae, Basauri 2011, p. 41

[5]    Martinez, J., El adolescente, un navegante en la posmodernidad, Sal Terrae: Revista de Teología Pastoral, vol. 88, pte. 4, N° 1033 (mensual), abril 2000, p.277

[6]    Mardones, J.M., Postmodernidad y cristianismo. El desafío del fragmento, Col. Presencia Teológica, Ed. Sal Terrae, Bilbao 1988, p. 65

[7]    Jiménez, A., op. cit., p. 57

[8]    Mo Sung, J., Sementes de esperança . A fé em um mundo en crise. Ed. Vozes, Petrólis, 2005, p. 78

[9]    Cfr. Mo Sung, J., op. cit., p. 83-97

[10]  Cortina, A., Por una ética del consumo. Taurus, Madrid 2003 y Cortina, A. Ciudadanos del mundo: hacia una teoría de la ciudadanía. Alianza, Madrid 1997.

[11]  Cfr. Mo Sung, J., op. cit., p. 32

[12]  Ibidem

[13]  Bauman, Z., op. cit, p. 198

[14]  Cfr. Mo Sung, J., op. cit., p. 27

[15]  Ibidem, p. 28

[16]  Cfr. 1Cor 1, 21-25

[17]  Bermúdez, F., Ser cristiano desde el Tercer Mundo, Ed. Paulinas, Madrid, 1986, p.75

[18]  Mardones, J.M., op. cit., p. 113

[19]  Ibid., p. 66

Diego Pereira*Católico de 36 años, casado, tiene un hijo de 3 años, docente de Religión y Filosofía. Vive en Montevideo, Uruguay, trabaja en la educación. Miembro del Grupo Misionero Itinerante Colibrí, de Amerindia Uruguay, y colaborador con Obsur en publicaciones de Carta Digital. También participa en el Centro de Estudio y Difusión de la Doctrina Social Cristiana (CEDIDOSC). Cursó el Bienio Filosófico y el Primer año de la Licenciatura en Ciencias Teológicas en la Facultad de Teología del Uruguay, y el primer año de Teología. Actualmente continua sus estudios filosóficos  de profesorado y licenciatura en la Universidad de Montevideo. Ha publicado artículos sobre filosofía y teología en revistas reconocidas: Umbrales, Reflexión y Liberación, Amerindia en la Red, Eclesalia, Carta Digital Obsur, Centro Ecuménico Diego de Medellín, Revista Ariel de Filosofía; Portal Atrio, Portal Lago Merín, Portal Adital, Semanario Tribuna Popular de Río branco. En la actualidad posee una columna semanal en el diario Lagunamerin.net de Río Branco, otra columna en el Diario Digital Sociedad Uruguaya de Montevieo, donde escribe reflexiones de la realidad, desde un análisis filośofico y teológico.

Elias González Gómez 2015-09-16T08:33:45+00:00